Política cultural europea. En el marco de los Encuentros de Mongofre  se celebró un seminario sobre el papel de la literatura en la construcción europea. Más concretamente, el tema que nos convocó fue el diálogo sobre si la literatura puede unir a Europa.

Estos encuentros son, a su vez,  una evolución de los “Encuentros de la Sorbona” que regularmente convocaban la Fundación Valsain y la Cátedra de Literatura Escandinava de la Universidad de la Sorbona en Paris. En esta ocasión se contó con el apoyo de la Fundación Rubió Tuduri, en cuyas instalaciones se celebró el encuentro y la Mongofre World Heritage.

Cuando nos planteamos la conexión entre literatura y Europa, creo que hemos de dar un paso hacia detrás que nos permitirá dar la vuelta a la pregunta. ¿hay una cultura europea, más allá del recordatorio de Shakespeare, Goethe, Cervantes o Tolstoi? Incluso en ámbitos más concretos ¿podemos hablar de una literatura negra europea que tenga un común denominador que aúne a Graham Green, Jo Nesbø, John Le Carré, Arne Dahl, Andrea Camilleri, Petros Markaris y Manuel  Vázquez Montalbán? Y más aún, ¿hay un mínimo común denominador de “política cultural europea”?

Comencemos por esto último.

Si hacemos la pregunta de para qué sirve una política cultural a un francés, un alemán y un británico tengo la sensación de que la respuesta no sería igual en todos los casos. Al contrario, en unos casos lo vincularíamos a los objetos culturales, en el otro a la protección de las bellas artes y en el tercer caso a la traslación de la cultura a la técnica. Sin duda, puede ser simplificador y vincularse a los tópicos sobre los caracteres de los distintos países que componen la Unión pero creo que no está alejado de la realidad y es un elemento que dificulta el avanzar en una política cultural europea

La cultura ha llegado tarde a los Tratados europeos. Demasiado tarde. No apareció hasta 1992, con el Tratado de la Unión Europea. Posiblemente, el hecho de que Europa fuera originariamente una “Comunidad Económica Europea” hizo vertebrar la política europea sobre la cuestión económica.

Se supone que los demás aspectos de la política quedaban fuera. Es cierto que el impulso de los denominados “padres fundadores” hizo que se pudiera mitigar esta sensación de que no existía una Europa más allá de la cuestión económica. Durante mucho tiempo se hablaba de política, de valores y se daban pasos, aunque pequeños, en la articulación de ámbitos político culturales en Europa. La política de protección al cine, por ejemplo. Todo ello, hay que reconocerlo, con el impulso especialmente de Francia.

La caída de Lehman Brothers en 2008 y la crisis económica que vino después provocó que Europa se metiera en un círculo vicioso de naturaleza estrictamente económica. Pero no ha de sorprendernos. El ámbito de competencias europeos es extremadamente pequeño en materia cultural y está vinculado esencialmente a la protección de las culturas nacionales.

Política cultural europea

Alvaro Gil Robles, Jose María Ridao, Miguel Angel Moratinos y Julio González escuchando los comentarios de Catherine Lalumière

 

Aquí es donde nos tenemos que plantear si Europa quiere ser reunificada por la literatura y la cultura.

La lectura del artículo 167 del Tratado de Funcionamiento de la Unión Europea nos lleva a un ámbito reducido de competencias y, sobre todo, a una limitación de las técnicas que están a disposición de las Instituciones comunitarias para llevarla a cabo. Tanto que, frente a otros supuestos en los que se le ha dado el título de “política”, en el caso de la cultura nos encontramos sólo ante este modesto título. Dicho de otro modo, las instituciones europeas no hacen un “Política europea”.

1.   La Unión contribuirá al florecimiento de las culturas de los Estados miembros, dentro del respeto de su diversidad nacional y regional, poniendo de relieve al mismo tiempo el patrimonio cultural común.
2.   La acción de la Unión favorecerá la cooperación entre Estados miembros y, si fuere necesario, apoyará y completará la acción de éstos en los siguientes ámbitos:
— la mejora del conocimiento y la difusión de la cultura y la historia de los pueblos europeos,
— la conservación y protección del patrimonio cultural de importancia europea,
— los intercambios culturales no comerciales,
— la creación artística y literaria, incluido el sector audiovisual.
3.   La Unión y los Estados miembros fomentarán la cooperación con los terceros países y con las organizaciones internacionales competentes en el ámbito de la cultura, especialmente con el Consejo de Europa.
4.   La Unión tendrá en cuenta los aspectos culturales en su actuación en virtud de otras disposiciones del presente Tratado, en particular a fin de respetar y fomentar la diversidad de sus culturas.
5.   Para contribuir a la consecución de los objetivos del presente artículo:
— el Parlamento Europeo y el Consejo, con arreglo al procedimiento legislativo ordinario y previa consulta al Comité de las Regiones, adoptarán medidas de fomento, con exclusión de toda armonización de las disposiciones legales y reglamentarias de los Estados miembros,
— el Consejo adoptará, a propuesta de la Comisión, recomendaciones.

Los tiempos venideros deberían ser tiempos de cambio en este sentido. Posiblemente la salida del Reino Unido pueda contribuir, como en otros tantos campos, a diluir la dimensión de espacio de libre cambio y volver a dedicarnos a aspectos de naturaleza política. Pero es algo más que la mera salida de un Estado. La articulación de la política cultural depende asimismo de los dirigentes que haya en Europa y de la voluntad de progresar hacia instrumentos de cohesión, dentro de lo cual la literatura o la cultura constituyen un elemento esencial.

Recordemos, por ejemplo, el papel tan relevante que podría jugar el conocimiento de la literatura europea en la articulación de una política contra la xenofobia, para proteger los valores europeos y favorecer el conocimiento. O cómo se podría cambiar la percepción de la conflictiva historia europea si en las asignaturas de Historia se rebajara el papel de las batallas y se abordaran los aspectos de integración cultural que ha existido de forma constante durante toda la historia. Y ello, entre otras cosas, porque como señaló Stefan Zweig, la idea de Europa, el sentimiento europeo no es un sentimiento primario sino que hay que desarrollarlo a través de una política cultural.

No soy, sin embargo, demasiado optimista. El impulso politico esencial en el ámbito de la Unión Europea está articulado por la poliica comercial a través de la Comisaría Cecilia Mallstrom a través de los grandes tratados comerciales como el CETA o el TTIP que hacen prevalecer de forma nítida la política comercial sobre cualquier otro aspecto de la actividad pública. No veo la amplitud de miras que tuvieron otros dirigentes europeos en Tusk, Junkers o Merkel. De hecho, cuando los valores han sido un elemento esencial de una decisión política el mejor ejemplo lo tenemos en la respuesta dada al problema de los refugiados y el acuerdo con Turquía.

 

 

 

La referencia a Stefan Zweig en el texto se corresponde al Libro Appels aux Européens


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