Hace un año que Donald Trump tomó posesión como Presidente de los Estados Unidos. Su discurso de toma de posesión hacía ver que no iba a ser una Presidencia fácil y desde luego está cumpliendo aquello que señaló en su intervención de hace un año.

Un tiempo corto que sin embargo ha pasado muy lentamente, viendo a diario todo lo que ocurría alrededor del Presidente estadounidense. Parece claro que en este año, Trump ha puesto en funcionamiento un cambio del contrato social que ha presidido la sociedad estadounidense en los últimos decenios.

Hay ocho puntos que querría recordar hoy.

En primer lugar, Puerto Rico. La peor crisis humanitaria que ha pasado la isla desde principios del siglo pasado ha sido liquidada con desdén y superioridad por el mandatario estadounidense. Ni ha habido ayuda en cuantías razonables ni se ha dado curso a la petición de integrarse como Estado 51º y, lo que es más grave, la última modificación fiscal aprobada por Trump perjudica especialmente a la isla caribeña. Coste electoral: cero. Los puertorriqueños no votan en las elecciones estadounidenses.

En segundo lugar, el abandono del Pacto contra el cambio climático, que se materializará dentro de un año. Posiblemente, sea el punto más destacado de una política ambiental desastrosa que ha permitido la construcción del oleoducto de Alaska el desarrollo del fraking -que tanto daño está produciendo- o el incremento del consumo de petróleo. Estamos un año después, bastante peor.

En tercer lugar, el cambio de sede de la embajada en Israel, para llevarla a Jerusalén. Una decisión que ha sido seguida por terceros países y que demuestra la nueva política de mano dura contra esta población. Más aún, la entente cordial que parece que tiene con Arabia puede ser el gran rendimiento de su polémico viaje de mediados del año pasado. Con ello, las posibilidades de una paz duradera en Oriente Próximo son cada vez más remotas.

En cuarto lugar, una politica migratoria agresiva; ejemplificada en el muro que está construyendo en la frontera con México y que quiere, además, que pague este país a través de los impuestos a las importaciones. Política migratoria que se ha complementado con restricciones e insultos a comunidades no blancas (y además, de escasos recursos) y en la limitación de entrada de personas que hayan estado en Oriente Próximo. Todo lo cual contradice con el propio desarrollo de los EE.UU. y con sus condiciones personales.

En quinto lugar, una política agresiva contra Corea del Norte que sabemos donde comienza pero no dónde termina ya que ha excitado la aceleración del arsenal militar norcoreano.

En sexto, el abandono de una política comercial global para centrarse en acuerdos bilaterales en los que pueda imponer por la vía de la supremacía sus propias condiciones. Hoy ha parado la negociación del TTIP, se ha salido del TPP y en la actualidad está renegociando un nuevo acuerdo de libre comercio con Canadá y México que altere las condiciones actuales, en detrimento de México. El desarrollo del multilateralismo al bilateralismo parte de una concepción imperial estadounidense, en donde resulta más sencillo imponer sus planteamientos que si tuviera que negociar complejos acuerdos multilaterales. El único que se sigue negociando con la participación estadounidense es el TISA, donde las empresas de servicios pretenden ampliar sustancialmente su cuota de negocio.

En séptimo lugar, una política fiscal egoísta y pensada sólo para las personas que son de su misma extracción social. Lo que ha de complementarse con los intentos de terminar con el Obamacare, la política de seguros médicos para los estadounidenses que está dando frutos importantes.

Y por último, el cambio en el discurso político, alterando la realidad y con poco respeto a las formas democráticas de la crítica política. La continua acusación de fake news a los medios de comunicación y la creación de verdades alternativas para proteger su gestión han sido una constante.

Todo lo anterior se complementa con dos datos del propio Trump y su forma de gobernar: por un lado, que sigue inmerso en un gran conflicto de intereses como consecuencia de la titularidad de su emporio económico. Reglas que están claras para otras presidencias no se están aplicando para el Presidente Trump. Esta sensación de conflicto de intereses tiene una segunda vertiente en lo referente a sus relaciones con Rusia que están siendo objeto de escrutinio por parte del Fiscal Especial.

En segundo lugar, la constante sensación de desgobierno que ha presidido este año. No sólo tardó en conformar su ejecutivo, sino que ha demostrado una forma personalista, poco meditada y muy impulsiva de afrontar los asuntos públicos.

Lo que se describe en el libro Fire and Fury: Inside the Trump White House es sólo una manifestación clara del caos que preside la Casa Blanca. Se percibe un Presidente iracundo, poco reflexivo, ansioso, que se mueve por impulsos y, en el fondo, incapaz de gestionar adecuadamente los asuntos públicos. Es lo que tendremos en la Casa Blanca durante los próximos tres años, salvo que se activen alguno de los dos procedimientos para cesar al Presidente que recoge la Constitución de los Estados Unidos.