Cataluña, el PP, Ciudadanos y el patriotismo constitucional. La crisis catalana sigue gozando de buena salud. La designación de consejeros no va a ser firmada por el Gobierno de Rajoy, con lo que seguiremos aplicando el artículo 155. Sin duda, resulta extraño y contrario al Estatuto de Autonomía esta tutela estatal sobre las designaciones autonómicas. Es, sin duda, un paso más en el mantenimiento de la tensión.

Cada día estoy más convencido de que a PP y Ciudadanos, los socios de Gobierno, se les ha olvidado cuál debiera ser su función en Cataluña: intentar encontrar respuestas al problema. No es razonable que su hoja de ruta se limite a  esperar que la cuestión catalana, cual fruta madura, caiga del árbol. Incluso podríamos señalar que es por puro interés; por recoger unos votos en el futuro que su ausencia de un programa para los problemas sociales del país les impediría conseguir.

El discurso de ayer de Rivera, por ejemplo, empieza y termina en una afirmación de la patria, una patria que responde a lo que ellos piensan que debiera ser España y que no se corresponde con lo que es en la realidad. Una afirmación que olvida que en España nos encontramos ante un país multicultural, en el que hay varias lenguas vehiculares, diversos sentimientos nacionales (que, con otra actitud se podrían aunar en España) y en el que la ideología sigue existiendo. Hablar de que todos somos españoles no es suficiente, salvo que la pretensión sea crear un partido único. Tanto es así que han pretendido apropiarse de los símbolos, haciendo cantar a Marta Sánchez una letra propia de la que carecemos en el himno. Todo vale.

Es cierto que poco podemos esperar de Rivera. “Aunque no nos gusta el actual Gobierno ni creemos que Mariano Rajoy sea la persona adecuada para liderar una nueva etapa, es imprescindible que la legislatura y el país se pongan en marcha, atendiendo al resultado electoral del 26J”. Albert Rivera en EL PAÍS; en 2016. Más cúmulo de incoherencias es complicado. No quiero al PP en el Gobierno pero digo sí. He acusado de corrupción a Rajoy y digo sí a su investidura. Incluso, para hacerlo más fácil, hicieron una redifinición de la corrupción.

Algo similar ocurre con Rajoy y el PP. En su caída constante fruto de su desgobierno y de la corrupción, sólo queda el argumento de la patria. Ese mismo que utilizaron torticeramente contra Zapatero, tanto cuando se hablaba de Cataluña o de ETA. Es, de nuevo, la ausencia de un programa más allá del destrozo del reducido Estado del bienestar; lo único en lo que se han esmerado en estos años de Gobierno.

Ni una propuesta ha salido del Gobierno para solucionar la crisis catalana más allá de querer que claudiquen de sus planteamientos. No vieron (o quisieron ver) la magnitud de la crisis tras la Diada de 2012 y todo lo que ha ocurrido después. No han entendido qué es Cataluña. No han abierto un canal de diálogo para que el problema encuentre vías de solución. No se han dado cuenta de que el problema no son los dirigentes sino ese 47% de la población totalmente desafectada hacia lo que significa España. 

Todo lo cual asumiendo que el origen del problema no es suyo y que lo que está ocurriendo es un aprovechamiento cortoplazista con objetivos electorales. Agudizar la tensión es, por otra parte, lo que se ve desde el lado independentista. Concordancia de estrategias.

Uno y otro, más Rajoy que Rivera -aunque este último esté esmerándose-, está conduciendo a la década perdida de la política española; de la que llevamos seis años, y lo que nos queda. No hay un proyecto político más allá de la afirmación de una patria a la que no cuidan. Una Constitución de la que sólo extraen conclusiones parciales para un modelo no inclusivo de la discrepancia; a pesar de que la propia Constitución llama a integrar la discrepancia desde el artículo 1. No se puede hablar de los problemas de la ciudadanía, no se puede discutir de nada, porque, en su interés electoral, Cataluña lo llena todo. Ni siquiera son capaces de acudir y participar lealmente en una subcomisión constitucional del Congreso de los Diputados para examinar el Estado autonómico. Da igual.

Sólo errores políticos de principiantes, como la casa de los dirigentes de Podemos -que no supieron ver el impacto de algo privado-, hace que se hable de otra cosa. 

Hoy España necesita, tomando las palabras de Habermas, “una comprensión cosmopolita de la nación de ciudadanos mantenga la prioridad frente a la versión etnocéntrica de una nación que se encuentra a la larga en un latente estado de guerra”. Necesitamos generar una cultura que parta de la diversidad que es normal en el mundo globalizado y especialmente razonable en un país tan diverso como es España. Necesitamos, en definitiva, otra forma de ver a España.