1909-2017. Barcelona ayer y hoy  Si entre la copiosa literatura de Mario Vargas Llosa hay una fase que está en todas las antologías es la que aparece en el inicio de “Conversación en la Catedral”, por referencia esto último no a edificio eclesiástico alguno sino a un bar muy cutre situado junto al río Rimac en la Lima de la peor época de la siniestra dictadura de Manuel Odria (1948-1956). Santiago Zavala, Zavalita, el protagonista, situado en un entorno desolado (“Desde la puerta de La Crónica Santiago mira la avenida Tacna, sin amor: automóviles, edificios desiguales y descoloridos, esqueletos de avisos luminosos flotando en la neblina, el mediodía gris”), no tiene otra pregunta que hacerse: “¿En qué momento se había jodido el Perú?”. El Perú todo él, no sólo la ciudad de Lima ni ese barrio. Al menos el ámbito geográfico de la desgracia estaba claro.

Giambatista Vico tenía mucho de razón cuando afirmaba que la vida no es lineal, sino circular: que todo consiste en ciclos que se suceden unos a otros y, en singular, ciclos que, aunque quizá acaben terminando en una fecha precisa, no lo hacen de un día para otro, sino después de un proceso de decadencia que puede ser, eso sí, más o menos dilatado.

El ejemplo más socorrido es, por supuesto, el del Imperio romano: lo que le sucedió en 476 al pobre Rómulo Augústulo -para los historiadores, un triste liquidador, o incluso un sepulturero- no representó sino el punto de llegada de un declive que había empezado mucho antes, como nos han relatado, por mencionar sólo dos autores muy clásicos, Edward Gibbon y Theodor Mommsem. Lo mismo o parecido puede decirse, por ejemplo, de la caída del muro de Berlín el 9 de noviembre de 1989 (incomprensible sin la crisis económica de los países comunistas, empezando por la URSS) o del reinado de los visigodos en España: la invasión desde África por el estrecho de Gibraltar en 711 -lo de las pateras no es nuevo- no habría existido si el reinado de Witiza no hubiese terminado siendo tan oscuro e incierto como se presentaba. O, en lo que ahora más nos concierne por su cercanía cronológica, de la restauración canovista: en lo formal se extinguió el 13 de septiembre de 1923 con el golpe de Estado de Primo de Rivera, pero la cosa venía tocada del ala (y muy tocada) desde bastantes años antes. Es ahí donde luego hemos de volver.

Claro que, si acaso hay que determinar a punto fijo -un día y un lugar- cuál fue, en ese proceso de decadencia, el momento inicial o el clave -la disrupción, como se dice ahora, o el punto de no retorno-, el empeño se complica mucho, porque las cosas no son nunca así de sencillas: lo que vale es la película, no la foto de un instante, por decisivo que se antoje, sobre todo si se mira con la distancia que da el tiempo.

El 1 de junio de 2018, el PP se vio desalojado del poder de manera abrupta e inesperada, aunque, al menos para mí, no resultaba sorprendente a la vista de lo sucedido desde que, a finales de octubre de 2016, y como consecuencia de la abstención (traumática internamente) del PSOE, un Rajoy con apenas 137 Diputados sumó los apoyos necesarios para lo que (sólo en lo formal) y con un programa carente de toda virtualidad, fue, aun con fóreps, una investidura. Pero, partiendo de la base de que la Sentencia de la Gürtel constituyó un detonante y lo de 1 de junio de 2018 no pasó de ser, pese a su estrépito, un mero acto de certificación de que el cuerpo gubernamental era ya un cadáver, la pregunta vuelve a ser la misma de siempre, la de Zavalita, ¿cuándo se había jodido el PP?

Una vez más, la respuesta no puede ser indiscutible. Habrá quien recuerde que ya el mismo día de la tal investidura, esa gente empezó a cavar su tumba al no tener mejor ocurrencia, a la hora de dispensar un chollete en el Banco Mundial, que rebuscar en el baúl de los trastos y acabar dándoselo a… ¡José Manuel Soria! Demostración cumplida de que no se había enterado -los hay duros de oído- de lo muy precario (artificial, cuando no simplemente falso incluso) de su triunfo en el Congreso de los Diputados.

Tampoco faltará quien prefiera poner el foco en lo sucedido en el período del fin de fiesta, a partir de marzo de 2018, cuando el estado físico de combustión degeneró en el de carbonización: al affaire del Master de Cristina Cifuentes (del que lo más psicodélico de todo fueron los cerradísimos aplausos en una convención que había sido convocada para relanzar la maltrecha imagen del partido y que acabó en un suicidio colectivo que recordó mucho al de los davidianos en 1993 en Waco, Texas) le sucedió, sin apenas descanso, la infeliz intervención del Ministro de Justicia en la escarpada polémica sobre la Sentencia de “la Manada” y, ya en plena carrerilla, el prendimiento de Eduardo Zaplana (“una persona del pasado”, como si hubiese sido algo tan remoto como el de Antoñito el Camborio camino de Sevilla) y, como punto de llegada, en efecto, la Sentencia de la Audiencia Nacional sobre el caso Gürtel o, peor aún, las reacciones (o, mejor, las no reacciones) del propio Partido Popular frente a ella, pretendiendo minimizar sus efectos (“es sólo una condena civil, no penal”) ante la opinión pública, como si no hubiera cambiado entre tanto la sensibilidad de muchas personas que durante tanto tiempo habían manifestado su complacencia hacia la corrupción institucional (la última vez, en las elecciones de junio de 2016, tan dominadas por el miedo, sin duda justificado, a Podemos).

Y es que, en efecto, en cierto sentido, y torciendo sólo un poco el sentido propio de las palabras, cabría pensar en que, a finales de mayo de 2018, el Gobierno era ya (y lo mismo el PP como organización) una caricatura de sí mismo, hasta el grado propio de las más delirantes escenas del gran Berlanga. Incluso había pasado a ser visto como poco menos que un partido antisistema, o al menos sólo comprensible desde la óptica de lo paranormal, en cuanto no reconocible desde los valores y aun los conceptos dominantes en cada vez más estratos sociales, incluso aquellos que durante décadas -décadas, sí- le habían sido fieles hasta el grado del arrobo.

Pero puestos a seleccionar un momento como eldeterminante, probablemente habría que poner el foco en el 1 de octubre de 2017, cuando, pese a todo lo que se había anunciado urbi et orbe (“no habrá urnas en Cataluña”), y a despecho del sistema de control del gasto de la Generalitat que, con más agujeros que un queso gruyere, había establecido el aprendiz de Necker que estaba a los mandos de la Hacienda estatal, el referéndum -sin duda, ilegal e inconstitucional- de hecho se celebró, sin que a las cabezas pensantes del Gobierno, presas de la rabia, se les ocurriera mejor manera de mostrar su impotencia que arremeter físicamente contra los votantes. Por supuesto que luego la sectaria propaganda secesionista ha elaborado un relato que, para decirlo de manera eufemística, es propio de la era de la postverdad, pero también habrá que aceptar que, en los tiempos de la comunicación por Internet, no caben más goles en propia puerta: el tal Gobierno, que no se había atrevido a proceder contra los autores del golpe de Estado (antes bien, hasta el mismo 1 de octubre estuvo intentando abrir toda serie de cauces para negociar con ellos), respondió luego enviando a la policía a emplearse contra eso que es, en el sentido podemista del término, la gente. Los arcángeles redivivos.

Después del 1 de octubre vinieron, entonces sí, por fín, las reacciones institucionales, primero del Rey, luego de los jueces y, en fin, y con pereza, de la clase política, cuando se vio espoleada por las dos manifestaciones multitudinarias de 7 y 27 del mismo mes de octubre, ambas precisamente en Barcelona. Y que, vistas con ojos de hoy, plantean la duda de si lo fueron contra los secesionistas por su actuación -hasta entonces, impune- o más bien contra los políticos españoles -no sólo el Gobierno, claro está- por su clamorosa dejación, que los turiferarios monclovitas presentaban como lucidez en la gestión de los tiempos, contribuyendo así a hacer que el cuadro recordara a una pintura de Valdés Leal en su época más tenebrosa.

Ello serviría para corroborar la teoría de que cuando la cuesta abajo sin frenos había empezado fue en efecto el 1 de octubre. El pésimo resultado electoral catalán de 21 de diciembre, fruto de una convocatoria conforme al Art. 155 de la Constitución que constituyó una mera huida hacia adelante, vendría a confirmar aún más esa tesis.

Y luego, rizando el rizo de lo surrealista, el mismo aprendiz de Necker, incapaz de reconocer el clamoroso fracaso de su intervención hacendística, declaró ante el Tribunal Supremo en unos términos que objetivamente supusieron nada menos que un respaldo explícito a la causa de los acusados, al sostener contra todas las evidencias que goles, lo que se dice goles, no le habían colado ni uno: ni uno, dicho de manera literal. Mucha gente se acordó del estribillo que en 1992 cantaba la orquesta Mondragón, con voz de Gurruchaga, hablando del testículo -único- del descubridor de América: “ay Cristóbal, ni dos ni tres”.

Entre el 1 de octubre de 2017 y el 1 de junio de 2018 transcurrieron, si echamos las cuentas, ocho meses, es decir, en números aproximados, 240 días: casi un parto. Las cosas caían en esa época a plomo -la ley de la gravitación universal, cuando la coge con algo, no perdona- y lo peor es que en el Gobierno no se lo explicaban sino mediante la teoría de la conspiración: “hay una conjura contra nosotros”. Señal inequívoca de la profundidad de la dolencia y su carácter irreversible. Mucho duró el tinglado, porque 240 jornadas, con sus mañanas y sus noches, se hacen tan largas como la existencia del mismísimo Matusalén.

Sin ánimo de llevar el paralelismo hasta sus últimas consecuencias -ni la historia se repite siempre dos veces ni, puestos a repetirse, la una tiene que ser precisamente como tragedia y la otra como comedia, según la conocida y burlesca expresión de Marx al hablar de la llegada al poder de Napoleon le Petit-, habrá que recordar que son legión los que, preguntados por la crisis del régimen canovista -es la hora de volver a él-, también ponen sus ojos en Barcelona y en concreto en la “Semana trágica” de los últimos días de julio de 1909, cuando, para recordar lo que todo el mundo conoce, la movilización de los reservistas de 1903-1907 como consecuencia de los incidentes de la Guerra de Melilla, y, a partir del martes 27, de la calamidad del Barranco del Lobo, dio lugar a un levantamiento insurreccional que generó nada menos que 78 muertos, de ellos 75 civiles, más otros 5 condenados a muerte, y entre ellos el pedagogo Francisco Ferrer Guardia, convertido de esa manera, ay, en un auténtico mártir. Una sublevación, sí, que constituyó la demostración cumplida de que el anarquismo era capaz de movilizar a una sociedad entera y que los gobernantes, del todo ajenos a la realidad, no encontraban otra manera que responder que esa. Antonio Maura intentó aguantar el chaparrón, pero sólo llegó hasta el 22 de octubre. Ni tan siquiera habían transcurrido tres meses, que a muchos (los del “¡Maura, no!”) les debieron resultar interminables. Las agonías (salvo para el doliente, que se resiste a abrir los ojos y aceptar la realidad de su destino) se suelen hacer angustiosas.

Recogida de cadáveres en el Barranco del Lobo (1909)

 

Nadie discute que, desde la pérdida de Cuba, Puerto Rico y Filipinas en 1898, el desastre por excelencia, la restauración venía muy perjudicada. Como también resulta cierto que, después de esa fecha crítica de julio de 1909, aquél régimen, pese a todo, sobreviviría muchos años, con la conferencia de Ortega y Gasset en 1914, “Vieja y nueva política”, como poderoso manifiesto intelectual entre medio de insatisfacción con el statu quo. Pero ya sólo subsistía atornillado y arrastrándose, hasta que llegó lo que sería la espoleta: Annual, en 1921. El otro desastre.

Pero no nos engañemos: que Maura dejara de estar al frente del país como consecuencia de los sangrientos sucesos del verano de 1909 en Barcelona (y aun cuando luego, por cierto, ya amortizado el grito de “Maura, no”, volviera, al frente de gobiernos de coalición, para intentar salvar un turnismo dinástico cuya enfermedad era ya una metástasis incurable), con ser relevante, no constituyó más que un parche, vistas las cosas con la perspectiva que tenemos en este 2018, un siglo largo más tarde. Fue toda la restauración como régimen, o incluso como cultura, lo que había quedado sentenciada. Angel Ossorio y Gallardo, Gobernador Civil de Barcelona en tan infausto momento, explicó en sus Memorias las peculiaridades del lugar: <<En Barcelona, la revolución no se prepara, por la sencilla razón de que está preparadasiempre (…) Asoma a la calle todos los días, si no hay ambiente para su desarrollo, retrocede; si hay ambiente cuaja. Hacía mucho tiempo que la revolución no disponía de aire respirable; encontró el de la protesta contra la campaña del Rif y respiró a sus anchas. El motín se fragua a la luz del día, a presencia de gobernadores y jueces. No hay que conspirar ni que confabularse. Para destruir en España a un pueblo, moral y materialmente, basta con la hábil utilización de la Ley de Imprenta, la de Asociación y la de Reuniones Políticas. Por eso sostengo que en los tristes sucesos de julio hay que distinguir dos cosas: la huelga general, “cosa preparada y cocida”, y el movimiento anárquico-revolucionario, de carácter político, “cosa que surgió sin preparación”>>. En efecto, la revuelta fue primero antimilitarista, luego se dirigió anticlerical y luego contra todo bicho viviente.

No hace falta decir que la prensa de otros lugares que tenía puestos sus ojos en España se cebó con nuestro país, sobre todo por la ejecución de Ferrer Guardia. El propio Rey Alfonso XIII se sintió concernido y en declaraciones al parisino Le Journal reflexionó con amargura: “De dar oídos a ciertos franceses, parecería que éramos un país de salvajes”. Más aún: “Yo soy un monarca constitucional, tan constitucional que ni siquiera tengo la iniciativa del indulto”. Y ya pasando a la ofensiva: “¿No habéis tenido vosotros en vuestra casa una cuestión Dreyfus? ¿Nos hemos mezclado nosotros con ella?”.

El golpe de Primo de Rivera catorce años más tarde -por cierto, desde la propia Barcelona, en cuanto Capitán General de Cataluña- vino sólo a representar lo más cristiano que cabe hacer con unos restos mortales o que están a punto de serlo: enterrarlos. “Querer hombre vivir cuando Dios quiere que muera es locura”, para explicarlo con las preciosas (y resignadas y por tanto sabias) palabras de Jorge Manrique, casi un defensor de la eutanasia en aquel tiempo tan remoto.

No es correcto, insisto, forzar el paralelismo -1909 y 2017- hasta el grado de la identidad, porque el 1 de octubre no hubo ningún muerto (la torpeza gubernamental, aun siendo holgada, no llegó a tanto) ni, felizmente, nadie va a verse expuesto a la pena capital. Pero, con todas las salvedades, resulta curioso -vamos a decirlo así- que haya sido también en unos hechos de la ciudad de Barcelona -tan dulce, tan revirada- donde el sistema político haya sufrido lo que, de compartirse esta tesis, podría ser visto como el acontecimiento que pone en marcha el contador para la inexorable fase terminal de una época.

La primera consecuencia del 1 de octubre -que el Gobierno de turno, para decirlo con la terminología de la propia restauración, saliera por la ventana y de mala manera- sí ha sido la misma, aunque en esta ocasión con unos meses -cinco, más o menos- de retraso adicional al de Maura. Para saber, por el contrario, cuál vaya a ser el radio de los efectos a medio y largo plazo (es decir, qué es lo que, aparte de la cabeza de Rajoy y el Gobierno del PP, el tal 1 de octubre de 2017 va a terminar llevándose por delante) haría falta, a fecha de hoy, ser un profeta. Pero todo apunta a que el escenario se muestra muy abierto. Si, formulando la pregunta de Zavalita por referencia a nuestro país, acaso estuviésemos en condiciones de responder al cuándo, de lo que no seríamos capaces es de saber a punto fijo es el preciso alcance del destrozo: el qué, porque no es fácil establecer qué entendemos aquí por lo que para Vargas Llosa era “el Perú”. ¿Cómo delimitamos el ámbito geográfico y no sólo geográfico de los daños? Si va a ser sólo el bipartidismo PP-PSOE (o uno de sus dos polos) o también el régimen constitucional de 1978. O incluso (y aun estando hoy dentro de un escudo europeo que hace un siglo no existía) algo más.

 

25 de junio de 2018

 

Antonio Jiménez-Blanco Carrillo de Albornoz

Catedrático de Derecho Administrativo